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Es difícil hablar de nacionalidad en materia de volcanes, pero entre Argentina y Chile hay unos 40 que están activos. La mayoría están siendo monitoreados por los chilenos. Su control es la única manera de predecir erupciones, aunque a veces las señales se dan al unísono con el evento. En los últimos cinco años hubo cinco grandes erupciones, lo que da la idea de un aumento en la frecuencia. Algunos especialistas dicen que se relaciona con el terromoto de Chile de 2010.

Ese año, el 27 de febrero, hubo  un terremoto de magnitud 8,8 que dejó 524 muertos, 25 desaparecidos y dos millones de damnificados. “Está prácticamente probada la ligazón entre los grandes terremotos y las posteriores erupciones de volcanes. Después del terremoto de Chile erupcionaron el Peteroa, el Puyehue, el Copahue, el Villarrica y el Calbuco”, explica Andrés Folguera, doctor en Ciencias Geológicas e investigador del Conicet.

Alberto Caselli, director del Laboratorio de Estudio y segumiento de volcanes activos de la Universidad Nacional de Río Negro, agrega: “Hay una relación entre los grandes terremotos y las erupciones volcánicas. Hubo un terremoto en 2010 de gran magnitud y muchas de estas erupciones estarían posiblemente vinculadas a eso”.

Patricia Sruoga, volcanóloga e investigadora del Conicet, opina que “la relación entre terremotos y actividad volcánica asociada es materia de discusión científica. Hay casos que avalan esa relación, pero otros no. La liberación de energía que se produce en un terremoto tectónico puede desestabilizar un sistema magmático, pero no necesariamente”.

Los tres especialistas acuerdan en que habría una intensificación de la actividad volcánica en los últimos tiempos, pero dicen que para sostenerlo más habría que tomar un registro histórico más prolongado, ya que “la vida de los volcanes es mucho más larga que la efímera vida humana”.

Cuando se habla de volcanes activos significa que tuvieron alguna erupción en los últimos 10.000 años. Los importante es monitorearlos para predecir erupciones.

“Cada volcán tiene un comportamiento particular. Puede tener una erupción cada 500 años o cada mes, depende de la composición de lava y cenizas. Algunos tienen composiciones viscosas que taponan los cráteres. Esos tienen erupciones más esporádicas, pero son mucho más fuertes”, explica Folguera. El especialista detalla las tres técnicas que existen para monitorear volcanes: a través de sismógrafos, midiendo aguas termales de las laderas y, la más elaborada, la interferometría de radar (un satélite mide el relieve del volcán y ve si está “inflado”). “Si bien hubo muchos avances, esto no ocurre en Argentina. Falta inversión y que las distintas instituciones se unan en planes nacionales comunes”, dice.

“No se puede hablar de nacionalidad de volcanes porque las fronteras son políticas y no geológicas y varios volcanes son mitad argentino-mitad chileno. Como se vio en las últimas erupciones, los volcanes de Chile provocaron lluvias de ceniza en amplias zonas de nuestro país. Por eso, la discriminación entre argentino o chileno es irrelevante a la hora de elaborar planes de prevención”, explica Sruoga. Para la experta, “Chile afrontó el problema del riesgo volcánico como una cuestión de Estado. En Argentina las cosas están lejos de ser así. Los recursos son escasos. Urge contar con un inventario completo de centros eruptivos, incluyendo los sospechosamente activos. Y desarrollar un programa de monitoreo a largo plazo. Hubo varias iniciativas auspiciosas por parte de organismos nacionales y provinciales, pero resultan insuficientes”.

Caselli dice lo mismo, que “en Argentina no se está monitoreando” y que “todo lo hace Chile”. Habla de algunas intenciones e ideas, como armar un Observatorio Piloto desde la Universidad de Río Negro mediante un acuerdo con el gobierno de Neuquén, pero asegura lo mismo que sus colegas: “Todavía faltan recursos”.

Fuente: Clarín

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