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El Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia condenó a Eduardo Pablo Aborsky a nueve años de prisión por trata de personas. El hombre engañó y trasladó desde Paraguay hasta Puerto Madryn a cuatro mujeres para hacerlas esclavas sexuales. Pagó mil pesos por cada una al sujeto que se las ofreció.

El sujeto, un comerciante de 60 años, tenía prisión domiciliaria en su casa de la calle San Luis pero fue llevado a la Unidad 6 de Rawson. Su pena se agravó por haberse aprovechado del estado de vulnerabilidad de las chicas, que creyeron que trabajarían de empleadas domésticas. Todas con baja escolaridad y tres de ellas, con nenes a cargo.

Los jueces Pedro de Diego, Enrique Guanziroli y Nora Cabrera de Monella también ordenaron decomisar los departamentos de Villegas 516 de la ciudad del Golfo, donde las chicas atendían clientes. El lugar podría ser usado para programas de protección a las víctimas de trata.

La causa se inició el 25 de enero de 2013. Un llamado a la guardia de la Comisaría Primera advirtió que en la calle Villegas estaban estaba secuestradas V.R.V., G. R. B., G. V. R., y M. R. B. Cuando la Policía llegó las encontró apoyadas en una ventana, listas para escapar, muy nerviosas, quebradas en llanto. En la vereda, valijas, carteras, bolsos y ropa de verano.

Llevaban encerradas 10 días. No comían hacía tiempo. Un tal “Andrés”, dueño de una casa de electrónica en la ciudad de Encarnación, Paraguay, las había contactado con Aborsky para ser domésticas en Buenos Aires. Habían aceptado.

Una mujer que se hacía llamar “Bety” les compró los pasajes y las acompañó en el ómnibus. Aborsky las siguió todo el camino en su Peugeot 308 blanco, detrás del micro. Recién en Madryn se dieron cuenta de que las habían engañado. Si no atendían clientes o contaban algo, Aborsky las mandaría a matar.

Mientras le contaban esto con miedo y entre sollozos a la Policía, llegó el acusado al lugar. Verlo las angustió todavía más. Lo señalaron con el dedo. Fue detenido en el instante.

Un allanamiento secuestró preservativos, teléfonos, chips, pasajes, cuadernos con nombres, cifras, columnas y casilleros con copas y nombres y mujeres, fechas, agendas, constancias de giro de dinero, cheques, efectivo, pastillas “Falic”, alcohol, fotos de mujeres y tarjetas de “Madaho´s Pub”, con la imagen de una manzana mordida.

En Villegas 516 hay un complejo comercial en planta baja, con una puerta. Al abrir se ve una escalera. En el primer piso hay dos habitaciones con cama matrimonial, luces de colores y ventanas oscurecidas intencionalmente. Ni ropero ni signos de vida habitual.

También un salón ambientado como un local nocturno: mesas, sillas, rockola, luces de colores y en el medio, un caño de baile. Otra habitación ambientada como VIP, con sommier y jacuzzi. En la última planta hay departamentos con varias camas. Llamó la atención que las puertas eran ciegas, sin picaporte. Se abrían sólo con llave. En todos los ambientes había tarjetas con manzana mordida y un número de contacto.

En su testimonio, G.R.B. dijo que era madre soltera. “Andrés”, el paraguayo que las contactó, les dijo que ganarían bien como domésticas pero debían viajar a Buenos Aires. Llegaron a Retiro una mañana. Pero siguieron viaje. Cuando le preguntaron a “Bety” les contestó que no se preocuparan, que “faltaba un poquito más”. En la terminal de Madryn subieron a dos remises. “Bety” le dijo a un chofer “bajalas en Villegas 516”. Entraron al departamento del tercer piso. “Bety” les dijo que se acomodaran, que iba a ser su casa. Eran cuatro camas. Se bañaron y la bienvenida fue un asado. Al tercer día llegó Aborsky a mostrarles el lugar. Esa noche ninguna trabajó, atontadas por el engaño.

Los clientes tocaban en un portero con cámara. Debían negociar y pagarle a “Bety”. Ellas nunca cobraron. Aborsky les decía: “Pónganse las pilas, chicas, tienen que tocar a los clientes para llevarlos a la pieza y que vuelvan”. Debían trabajar tres meses para pagar la deuda de los pasajes y del departamento.

Trabajaban hasta el amanecer. Vivían bajo llave, vigiladas por “Bety”. Veían gente sólo por la ventana. A veces lavaban ropa en la terraza o caminaban en la vereda. Un día le pidieron plata a Aborsky para el supermercado. Pero juntaron esa plata con propinas de los clientes y compraron dos pasajes. Una tarde aprovecharon la puerta abierta que dejó un electricista. Cuando escapaban llegó el patrullero salvador. “No se escaparon antes porque tenían miedo de que las agarre la Policía y las entregue de nuevo”, dice la causa. En otro testimonio, G.V.R. explicó que cuando las bajaban al salón debían pasar a la pieza y “hacerles de todo” a los clientes. Aborsky perseguía y tocaba a una de las chicas: “Si te acostás conmigo te va a salir gratis el viaje”, le pedía. Comían poco a la noche y sólo tomaban agua.

Una de las víctimas, V. N. V. R., declaró con ayuda de dos funcionarias de la Procuraduría de Paraguay pues respondió en guaraní, por su poca comprensión del castellano. Vivía y trabajaba con su abuela en las chacras. Tiene dos hijos de 14 y 10 años, sin estudios. Es analfabeta. Ganaba muy poco y por eso aceptó. Le pagarían 4.000 pesos argentinos. “Le dijo a Bety que no le gustaba el trabajo y que se volvía al Paraguay. Bety le dijo que tenía que pagar sus deudas y ella se puso a llorar. Si decía algo del trabajo el señor la iba a mandar a matar porque tenía muchos amigos”. Otra mujer, M. R. B., alias “Rosa”, vivía con su mamá y sus dos hijos en Asunción. Tenía quinto año completo, limpiaba en una escuela y estaba mal económicamente.

El fallo concluyó que las mujeres fueron ofrecidas, captadas, trasladadas y acogidas desde el 15 al 25 de enero de 2013, para su explotación sexual. El reclutador fue Aborsky. En su Peugeot se halló un plano de Asunción y folletos de lugares de Paraguay. En cuanto a “Bety”, su nombre real es Eduarda Amarilla. Sigue prófuga.

Fuente: Jornada

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