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La ciudad llora. Las calles lloran. Los barrios lloran. Las casas lloran. Los vecinos lloran. Todos lloramos lágrimas de barro. Porque nos pasó lo que muchas veces veíamos por la tele y pensábamos: “eso acá nunca nos puede pasar”. Y sin embargo, un día la realidad superó a la ficción televisiva y nos dejó estupefacto ante tamaño desastre natural.

A Comodoro, quien le hizo saber su enojo fue el barro. Paradoja del destino que una ciudad que vive de las riquezas de la tierra padezca el enojo del suelo. Sin embargo, era de prever que algo así sucediera, porque nuestra comunicación con la tierra está quebrada. La hemos maltratado de tal forma que, el agua, una vecina ajena al lugar que ocupamos en el mundo por la aridez de nuestra región, un día decidió visitarnos, se juntó con la tierra y envió dos claros mensajes: hay que refundar la ciudad y diseñarla para poder contener los cambios climáticos y que debemos empezar a cuidar el suelo que pisamos.

Estas lágrimas de barro que lloramos los comodorenses van a marcar para siempre nuestras curtidas mejillas. A nuestros hijos, nietos y bisnietos les vamos a hablar de esta semana. Va quedar para siempre en la memoria colectiva la tragedia. Pero también va estar presente, por siempre, el despertar solidario de la ciudad. Ese abrazo hermanado de todos los vecinos que hizo que los que peor la estaban pasando tuvieran apoyo y sintieran que no estaban solos.

De a poco nos vamos levantar. Vamos a cambiar la tristeza por alegría; el agua marrón del mar, por ese bello azul que en las mañanas le sirve de espejo al sol; el viento va volver a soplar como él sabe. Los atardeceres van a dejar de ser grises y van volver sus colores vivos que emocionan al verlo. Vamos a secar nuestras lágrimas de barro y nos vamos a poner de pie para volver a andar; porque es lo que sabemos hacer y porque se lo debemos a Comodoro Rivadavia.

Por Martín Méndez.

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